La selva lacandona

La selva lacandona constituye todavía, a pesar de su creciente destrucción, la mayor porción de selva alta de México. Su riqueza vegetal y animal es cuantiosa, así como los secretos arqueológicos que guarda. Adentrarse en ella requiere no sólo de especial ánimo y condición, sino de equipo, entrenamiento, guía, autorización y convicción de profundo respeto.

La reserva de los Montes Azules es la parte mejor conservada. Los que la sobrevuelan pueden contemplar el magnífico espectáculo de un mar verde salpicado por los azules de la cadena de lagos que desde La Maroma a El Suspiro la siembra de norte a sur. Penetrar en ella significa entrar al reino del silencio interrumpido solamente por los cantos de las aves o los chillidos de los monos. Si la exuberancia vegetal es patente tanto en los árboles altos, entre los que se cuenta la famosa caoba, como en los arbustos, las enredaderas, las palmas y las hierbas, nada parece indicar a simple vista la riqueza faunística. Sin embargo, todos los géneros de mamíferos mexicanos están representados allí, entre ellos el portentoso jaguar; más de trescientas especies de aves, entre las que sobresalen las escarlatas guacamayas y los tucanes de colorido pico; las especies de reptiles y anfibios suman 109. Los peces y los innumerables invertebrados aumentan la cantidad de especies animales de la selva a cifras extraordinarias. Una posibilidad de acercarse al mundo de la selva es el recorrido en lancha por las aguas del Usumacinta. De esa manera se pueden visitar sitios arqueológicos, vislumbrar la intensa vida animal y vegetal que puebla las orillas del río, admirar las gargantas que atraviesa y conocer las cataratas que forma el río Busiljá al caer sobre el Usumacinta. Otra posibilidad es internarse al Centro Ecoturístico Las Guacamayas, desde donde se realizan excursiones fluviales para la observación de monos saraguatos y guacamayas rojas. El centro se ubica en el poblado Reforma Agraria.

La selva lacandona

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